New York, cómo empezar a escribir sobre vos?!

No tengo un recuerdo claro de una infancia soñando viajar. Quizás lo hice, no lo niego por completo, pero no lo recuerdo. Para mí, viajar era sólo para los “ricos” y como que había asumido que yo no lo haría. Disfrutaba mucho los souvenirs que me traían mis vecinos que sí podían viajar, tanto que hasta el día de hoy los conservo. Me han traído cosas hermosas. Sobre todo, de Disney <3.

Ya de más “grande”, para la época de las ferias universitarias, me encontraba a mí misma siempre visitando el stand de estudios en el exterior. No sé para qué. Sabía que no podía pagarlo. Pero no perdía nada con pedir mi folleto y soñar un poco.

Llegados mis 27 años y luego de varios años de trabajar por consultora cubriendo suplencias (lo que significaba inestabilidad laboral y que mis vacaciones, en realidad, eran períodos de desempleo), me tocaban mis primeras vacaciones de verdad. Sintiéndome estancada en muchas cosas, necesitaba algo grande. Tachar algo de mi bucket list. Como curiosa que soy, me puse a googlear qué tan imposible era ir a Nueva York. Para mi sorpresa, no era tan imposible como creí. Y esto es algo que aprendí: aunque crea que es imposible o que está fuera de mi alcance, averiguo igual. El resultado, puede ser mucho mejor que lo que esperaba y puedo llegar a lograr algo que ni imaginaba. No contaba con mucha plata ahorrada. Con nada casi en realidad. Pero tenía un adicional de tarjeta de crédito de mi mamá y un trabajo a plazo fijo con varios meses de contrato por delante. Le pregunté, no sin sentir algo de culpa, si podía usar esta tarjeta. La culpa era porque la iba a usar para irme sola, pero por supuesto, las cuotas las pagaría yo.  Siempre fui muy prolija con mis cuentas y un tanto orgullosa también. No quería un préstamo. Sólo necesitaba el financiamiento ya que por esta modalidad de empleo que mencionaba, no me otorgaban un tarjeta personal. Con el límite, me alcanzaba sólo para el vuelo, el alojamiento y la asistencia al viajero (nunca salgo sin ella). Un poco nerviosa por mi decisión, me dijo que sí.

Sería mi primer viaje al exterior. Mi primera vez en un avión. Mi primer viaje sola. Mis primeras vacaciones en ¡19 años!. Mi primera vez en Nueva York. Estaba feliz a pesar de que iba a ir sólo una semana (no me alcanzaba para más).

Mis padres, hermana, cuñado y sobrinos me acompañaron al aeropuerto. Me dieron unos USD, algunos de regalo porque había sido mi cumpleaños hacía poco (esa fue la excusa al menos) y otros pocos para traer souvenirs a mis sobrinos. ¡Qué momento cuando “pasé para el otro lado” y me quedé sola! Emoción, nervios. Todo junto. Pasé migraciones, pregunté con qué pasaporte tenía que pasar (ahí me enteré que salís con el Argentino y luego entrás al país de destino con el que quieras) y me fui a esperar mi primer, y hasta este momento único, vuelo en Aerolíneas Argentinas. El avión estaba bastante vacío y tuve la suerte de tener los dos asientos para mí. Obvio, había elegido a ventanilla. ¡Quería ver todo desde el minuto uno!

El vuelo fue muy tranquilo. Directo. Sin turbulencias. Extrañamente, no me sentí ansiosa ni nerviosa al despegar o aterrizar.

Después de unas 11 horas de vuelo, ¡había arribado a NY! Como tengo pasaporte italiano, todos me saludaban en ese idioma. ¡Qué vergüenza! No podía admitir que no hablo casi nada (tengo que remediar esto, lo sé). Apenas llegué a la puerta, lo primero que tuve que hacer, fue llamar a mi mamá para que sepa que estaba todo bien. Pero lo segundo, ¡fue ponerme la campera! Era marzo y estaba bastante fresco. Crucé la calle hasta el Air Train que me conectaría con la red de subte. Después de unos 40 minutos, había llegado a Manhattan. Apenas bajo del vagón, noto que no hay ascensor y tendría que subir con la valija por las escalera. Un hombre se ofrece a ayudarme y yo, amablemente, me niego (lo primero que pensé fue: recién llegó y ¡ya me van a robar! – tengo el miedo de Buenos Aires incorporado). Me insiste. Termino resignándome a que pase lo que tenga que pasar, le agradezco y le doy la valija. Me ayudó a subirla, le agradecí y la volví a agarrar cuando llegamos al final. Me preguntó dónde iba, le dije más o menos la zona, sin decirle dirección exacta, a lo que agrega: ¡yo también voy para allá! Mis nervios estaban por las nubes. De verdad pensaba que me iba a pasar algo malo. Me preguntó de dónde venía, dije que de Argentina y me comentó que en el edificio donde él es portero, viven muchos argentinos. Me anotó la dirección de este lugar y me dijo que cualquier cosa que necesitara, lo llamara. Llegado a un punto, me dijo que él debía doblar y seguí sola. ¡Que alivio sentí! Y también me sentí mal. Porque tengo seteado el chip de “peligro” que me hace desconfiar de todos, aún de la buena gente. Igualmente, no tenté la suerte y no lo llamé ni pasé por la dirección que me dio. Better safe than sorry, ¿no?

Para los primeros días, reservé una habitación individual, con baño compartido, en un hostel. El YMCA West Side. Me costó un poco llegar y tuve que usar mis datos para ver el google maps. Era muy novata y no sabía que te podés descargar los mapas para ver sin conexión 😛 . Al llegar, hice el check in y me dirigí a la habitación. No voy a negar que los pasillos en un primer momento me recordaron a las películas de terror de Hollywood. Pero sólo fue una sensación por culpa de las luces algo amarillentas. La habitación estaba bien. Dejé todo y enseguida salí a recorrer. Caminé y caminé. Al llegar la noche, me empezó a doler bastante el pie. Rengueé un poquito, pero llegué de vuelta. Al sacarme la zapatilla, tenía una bola morada en lugar de un pie izquierdo. ¡Ya me imaginaba haciendo uso de mi asistencia al viajero! Dormí con la pierna levantada y, al día siguiente, estaba normal. Digo ¡joya! ya pasó. Toda la ilusión se esfumó cuando pisé y vi las estrellas de dolor. Pensé un rato en qué hacer, y decidí que no iba a ir al hospital, a menos que el dolor me impidiera seguir. La verdad, el dolor me acompañó toda la semana, a veces era muy molesto y caminaba muy lento, de pisar mal, me empezó a doler la pierna entera y casi no podía doblarla, ¡pero no me pude detener! Sólo el día que llegué, caminé más de 200 cuadras. Después de eso, ya perdí la cuenta.

Ese primer día me costó mucho encontrar baños públicos. De inexperta también salí a caminar pensando que los encontraría en cualquier local de comida rápida. No me fue tan fácil. Hay Starbucks por ejemplo que ni mesas tienen. Son sólo grab & go. Pero descubrí que saliendo de Broadway, en las calles laterales, sí los encontrás más fácilmente. Con el tiempo también aprendí que podés entrar a los baños de las recepciones de los hoteles (siempre hay que ir con aires de “me hospedo aquí” de todas formas 😛 ) y que hay baños hasta en las plazas. Rookie mistake el mío.

El día 2, fui con esos USD regalados a comprar mi primer cámara semireflex. Fue una Canon t3 usada, reacondicionada que conseguí en B&H. Si aman la tecnología, no pueden dejar de visitar esta tienda! También fui a la juguetería Toys R Us que estaba en Times Square y compré varios souvenirs y regalitos. Muy buenos precios tenían. Antes de volver al hostel, me senté en la escalinata a mirar las luces y la gente. Esto lo haría todas las noches. A veces con un café, alguna vez con un pancho y una coca.

La segunda noche, alrededor de las 3 am, en el hostel sonó la alarma de incendios. Estaba en el piso 9 y tenía que bajar con mi pata de palo. ¡Me quería deslizar por los barandales como Bart Simpson! Para cuando llegué abajo, ya estaban entrando los bomberos. No podemos negar lo buenos que son los estadounidenses para esto. Mientras esperábamos, conocí a una chica brasilera, con quien hablaba en inglés porque ni yo hablaba bien portugués ni ella español. Quedamos en hacer algo al día siguiente, pero no sé si nunca pasó por mi cuarto o estaba tan dormida que no la escuché. Lamenté luego no haberle pedido su Facebook o mail al menos. Tomo nota para la próxima. Finalmente, no hubo incendio, todo fue una falsa alarma.

Día 3, una de mis mejores amigas que estaba visitando familia en Estados Unidos, iría hasta Nueva York para que estemos juntas unos días. No le conseguí lugar en el hostel, por lo que nos movimos ambas hacia un hotel al que le tenía puesto el ojo hacía tiempo. Los días no utilizados, los informé al entonces llamado Asatej y me reintegraron el dinero. ¡El hotel era hermoso! Después nos enteramos que salió en Sex & The City. Estuve tan a gusto acá, que a pesar que ya tenía reserva en otro lado para los últimos día, la cancelé (cancelación gratuita, obvio) y me quedé sola los días que restaban.

Con mi amiga fuimos al Top of the Rock, comimos en Planet Hollywood (y nos quedamos encerradas adentro), visitamos el portaaviones Intrepid Sea, Air & Space museum donde no pudimos hacer muchas fotos en la cubierta de tanto frío que hacía (-8°C) y casi nos congelamos en Times Square. Subimos al Roosevelt Tram. Recorrimos una parte del Central Park, llegamos hasta Strawberry Fields, donde un hombre con una guitarra tocaba canciones de los Beatles y te ponía la piel de gallina. Trepamos a la estatua de Alicia en el país de las maravillas. Tomamos el ferry a Staten Island para ver la estatua de la libertad de cerca, pero gratis. Queríamos patinar, pero mi pierna no me lo permitía. Mi amiga bromeaba con que, si seguía así, me iban a tener que sacrificar como a los caballos. Pobre yo. Y pobres caballos a los que le hacen eso.

El clima estaba totalmente cambiante. Un día estaba con campera y bufanda y, al siguiente, musculosa y un saquito. Para los días realmente fríos, no estaba preparada. El abrigo que uso normalmente en el invierno de Buenos Aires no servía de mucho en temperaturas bajo cero.

Cuando ya me había quedado sola, visité el Madame Tussauds, Bodies: The exhibition, el Guggenhaim y recorrí más tranquilamente el Central Park. Para los museos, había sacado la New York Pass. Me gustó mucho y le saqué provecho. Sobre todo me gustó no tener que hacer cola. En cuanto al Central Park, hay quienes te aconsejan la bici y recorrerlo rápido para verlo y no “perder tiempo” acá. Para mí, recorrerlo entero y sin prisa, no es ninguna pérdida de tiempo. Pero cada quien…

Nueva York la pisás y, si bien no podés creer estar ahí, también sentís que estás “en casa”. La conocemos de toda la vida, muchas de nuestras series y películas favoritas la tienen como escenografía principal. Aunque debo reconocer que genera amor/odio. Hay quienes la aborrecen (no los entiendo) y muchísimos que la aman como yo. No hay grises. Te la pintan de sucia y ruidosa. Dicen que sus habitantes son maleducados y te pasan por encima. Bueno, en mi experiencia, si estás acostumbrado al microcentro porteño, NY te va a parecer el paraíso. Sí, vi una rata. Es sabido que no pueden con ellas. Sí, hay mucho ruido a sirenas, pero enseguida se vuelve parte del sonido de fondo. Los autos son eléctricos en su mayoría, por lo que el ruido y humo que producen es mínimo. Otra vez, los estoy comparando con mi ciudad, no estoy haciendo un estudio ambiental. La gente va rápido, pero todos los que me quisieron pasar me pidieron permiso y ninguno me empujó/chocó ni insultó por ir caminando muy turísticamente.

Lamento mucho haberme explayado tanto, este post es muy personal y no tiene tantos tips. Ya vendrán los próximos más concisos y útiles, pero tuve por casi 5 años la historia sobre el viaje que comenzó todo atrapada en la punta de mis dedos, esperando salir.

¡Los espero en el próximo! Y no se olviden de contarme sus experiencias en los comentarios.
Alice.

 

 

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